IGNACIO BARREIRO CARÁMBULA

di Miguel Ayuso (source www.foundacionspeiro.org)

El pasado 13 de abril, Jueves Santo, en el día en que Nuestro Señor instituyó el sacerdocio y la Santa Misa, falle- ció en Nueva York nuestro querido amigo y colaborador monseñor Ignacio Barreiro Carámbula. Nacido en Montevi- deo en octubre de 1947, se doctoró en Derecho en su ciu- dad natal, para ingresar seguidamente en el servicio diplomático en 1975. En los años del gobierno del presiden- te Bordaberry, a quien conocía, fue profesor en las institu- ciones de enseñanza de las Fuerzas Armadas. Y, desde 1978 a 1983, sirvió como secretario en la misión del Uruguay ante las Naciones Unidas, en la que era embajador el ex-canciller Juan Carlos Blanco. Siempre conservó estima por su jefe, que antes había sido amigo de su familia, quien sufrió y sigue sufriendo –a juicio de nuestro amigo– cárcel injusta por algunas desapariciones producidas durante su perma- nencia en el gobierno. Así, me hizo llegar un ejemplar de las memorias de Blanco, acompañado de una carta muy expre- siva y con ruego de reseña, que redactó para Fuego y Raya nuestro también colaborador Manuel Anaut. De hecho, el propio Barreiro era consciente de los riesgos que implicaba la vuelta a su país, probablemente por su puesto junto a los militares en el período del también injustamente persegui- do Bordaberry, razón por la que –con gran pena– no pudo acompañar a su madre en la agonía. Recuerdo perfectamen- te la conversación, y la tristeza, en los aledaños del monaste- rio navarro de Nuestra Señora la Real de la Oliva.

En 1983 ingresó en el seminario de la diócesis de Nueva York, siendo ordenado sacerdote el 14 de noviembre de 1987 por el cardenal O’Connor en la catedral de San Patricio. Desde el inicio comprendió la superioridad de la misa tradicional y decidió en consecuencia celebrarla. Hasta el fin de sus días. Pasó fugazmente por la Hermandad de San Pedro, pero se aproximaba demasiado a la vida del clero regular: no era lo suyo. Terminó incardinándose en Anápolis, en el Brasil, gracias al acogedor obispo Manoel Pestana, quien no le exigió residencia en la diócesis. En 1991 co- mienza los estudios de Teología en la Pontificia Universidad de la Santa Cruz, en la que –tras licenciarse en 1993– se doc- toraría con una tesis sobre «La experiencia de Dios y la fe en Dios según Santo Tomás de Aquino» en 1997. El año siguiente sería nombrado director de la Oficina romana de Vida Humana Internacional, puesto que desempeñó duran- te dieciséis años, hasta 2014, en que por razones de salud se trasladó a los Estados Unidos. Durante un año, entre 2010 y 2011, fue presidente interino de Human Life International. Y aunque le ofrecieron la presidencia, no la quiso. Prefería continuar en Roma a tener que vivir en los Estados Unidos. Y, además, aun habiéndose dedicado lealmente a la causa pro-vida, como sus intereses eran mucho más amplios, el mundo romano le permitía atenderlos mejor que el esta- dounidense. Incluso cuando enfermó en 2013 se resistió a abandonar la ciudad eterna. Sólo ante las dificultades admi- nistrativas para la asistencia sanitaria aceptó de buen grado, aun contrariando sus deseos íntimos, el traslado. Explicán- donos a sus amigos con total sencillez, y conformidad a la voluntad de Dios, que le convenía algo de vida pastoral tras tantos años de vida intelectual y –digamos– política.
Yo lo conocí a fines de los años noventa en Civitella del Tronto. El querido Maurizio Di Giovine había dado con él providencialmente y lo había convertido en capellán de los Encuentros Tradicionalistas organizados por el profesor Paolo Caucci von Saucken desde los primeros años setenta, tras haber vuelto de España deslumbrado por las romerías carlistas de Montejurra y por la personalidad del profesor Francisco Elías de Tejada. Desde el primer momento supe que estaba llamado a convertirse en uno de mis mejores amigos. Me encontré delante de un sacerdote piadoso y en absoluto clerical (salvo quizá cuando escribía, por el tono exhortatorio que adoptaba), de extraordinaria inteligencia y gran humildad, de maneras exquisitas y al mismo tiempo todoterreno. Y tradicionalista de una pieza. No sólo en litur- gia, moral o teología. También en política e historia.

Me hizo impresión su juicio prudente, tan inusual, sobre la crisis de la Iglesia y la actitud que debía adoptarse. Sobre la que más adelante escribió para Verbo un esclarecedor ensayo. No se piense, a este respecto, que la cautela o el inte- rés atenazaban su inteligencia. Por el contrario, don Ignacio, que celebraba exclusivamente la misa tradicional, era visto precisamente por ello con reticencia por el establis- hment eclesiástico, que lo consideraba (y con razón) tradicio- nalista. Él hubiera deseado un puesto en la curia, que le hubiese dado serenidad para sus últimos años, sin depender de Vida Humana Internacional. Lo comentaba con la natu- ralidad que daba a todas sus palabras. Pero no al precio de disimular sus convicciones y menos aún de obrar contra ellas. Es de notar que, en 2009, cuando en el seno de la Academia Pontificia para la Vida, con motivo de la violación de una niña en Recife, se escucharon opiniones dubitativas con la defensa integral de la vida inocente, don Ignacio hizo oír su voz, oponiéndose, precisamente en el momento en que estaba intentando ingresar en la curia y cuando, por lo mismo, más inoportuno podía ser su juicio público contra- rio al oficial. Se lo hice notar elusivamente y me atajó bon- dadoso pero firme: no podía desentenderse del asunto y tenía que defender la verdad cualesquiera que fueran las consecuencias negativas que pudiera acarrearle. Algunos cardenales que lo estimaban lo recibieron bien, «paternal- mente» me dijo de uno de ellos, el español Cañizares, pero nunca se concretó su ingreso en la curia. Al final, el Dios cle- mente al que consagró su vida, le permitió morir bien aten- dido y alejado de las penurias cuya prevención le llevaban a desear ese puesto que nunca obtuvo.

Pero lo que me sorprendió aún más fue su tradicionalis- mo político. Ajeno por completo al nacionalismo, lo que en el Río de la Plata es casi un milagro, se consideraba un espa- ñol de Ultramar y además carlista. ¡Un sacerdote uruguayo, inteligente, formado y tradicionalista que se declaraba abier- tamente monárquico y carlista! En lo que, por cierto, y en honor a la verdad, acompañaba a dos notables paisanos: el presidente Juan María Bordaberry y quien fuera su secreta- rio general de la Presidencia, Álvaro Pacheco Seré, ambos entrañables amigos de quien firma estas líneas. De algún modo le venía por herencia, pues en su familia, hispanista enragé, destacaba su tío Gastón Barreiro Zorrilla, autor de un excelente libro, Castilla es mi corona, que años antes había reseñado en nuestras páginas Paco Pepe Fernández de la Cigoña.

La amistad nació, pues, derecha y cordial. Seguí viéndo- lo en Civitella del Tronto hasta que la enfermedad le impi- dió ir, creo que en 2013 por primera vez, y con ocasión de mis viajes frecuentes a Roma, donde don Ignacio –que en 2004 recibió el título de capellán del papa, convirtiéndose en monseñor, título que no escondía pero tampoco exhi- bía– oficiaba como una especie de embajador del tradicio- nalismo. A Civitella iba en autobús, cargando con la bolsa en que llevaba los ornamentos y lo necesario para la celebra- ción de la Santa Misa, e íbamos Maurizio Di Giovine y yo a buscarlo a L’Aquila o a Teramo, según las ocasiones. Pese a la incomodidad del desplazamiento siempre lo encontrába- mos con su franca sonrisa y total disposición. En Roma lo visitaba a veces en su despacho de Vida Humana Internacio- nal, en la Plaza de Gregorio VII, donde disponía de una magnífica biblioteca abierta a los investigadores de temas bioéticos y morales y de unos colaboradores amables y efica- ces. Normalmente para almorzar luego en una trattoria que se encontraba justamente a la vuelta del portal. En ocasio- nes, con motivo de las reuniones discretas que empezamos a tener a poco de ascender al solio pontificio Benedicto XVI, con otros amigos como el abbé Barthe. Pero lo más usual es que quedáramos a comer por la noche. En ese caso el ritual era siempre el mismo: me aguardaba en su casa cer- cana a la Via delle Fornaci, en la Rampa delle Mura Aurelie, donde servía unos gin&tonic, y luego bajábamos a cenar a uno de los restaurantes, dos o tres, de los aledaños.
Lo introduje también en la Comunión Tradicionalista y en el círculo de mis amigos. Le presenté, así, a Don Sixto Enrique de Borbón, quien le estimaba grandemente, hasta el punto de distinguirle en 2009 con la Cruz de la Orden de la Legitimidad Proscrita. Se convirtió en capellán del Consejo de Estudios Hispánicos Felipe II, del que fue desig- nado miembro de número, y –mientras no estuvo cerca de nosotros don José Ramón García Gallardo– también de la propia Comunión. En tales condiciones prestó importantes servicios al tradicionalismo español. Así, merced a sus cono- cimientos en el Vaticano, gestionó con máxima eficacia la presencia de Don Sixto Enrique en las beatificaciones de su tío Emperador Carlos de Austria (el 3 de octubre de 2004) y de casi quinientos mártires de nuestra guerra (el 28 de octubre de 2007). En ambas ocasiones acompañamos al Príncipe Maurizio Di Giovine y quien escribe estas líneas. Celebró también la Santa Misa en tres ocasiones solemnes, ambas en presencia de Don Sixto Enrique: la primera con ocasión de la renovación, a los cuarenta años, que a la pos- tre fueron cuarenta y uno, en julio de 2005, del juramento de defensa de la Unidad Católica de España por los jefes de requetés, que no pudo tener lugar en el monasterio de La Oliva, por haberlo impedido arbitrariamente a última hora el abad, de manera que hubimos de trasladarnos a las Clarisas de Olite; la segunda por el Congreso Internacional
«A los 175 años del Carlismo», en Madrid, en octubre de 2008; y la tercera, en la capilla de los reyes carlistas de la catedral de San Justo, en Trieste, el 17 de julio de 2009, revestido con los ornamentos bordados por la Princesa de Beira. Pero no dejó de estar presente en la vida de la Comunión Tradicionalista, incluso durante su enfermedad en Estados Unidos. Así, me hizo llegar –traducido al castella- no– su sermón en la fiesta de la Epifanía de 2016, que con- tenía una referencia explícita a la fiesta de la Monarquía Tradicional que los carlistas celebran tal día.
En su calidad de miembro del Consejo Felipe II asistió como ponente a las III y IV Jornadas de Derecho Natural, de noviembre de 2008 y abril de 2012, respectivamente en Guadalajara (México) y Madrid. Las últimas se hicieron coincidir con la XLIX Reunión de amigos de la Ciudad Católica, de manera que se convirtió en una excepción en la historia de las mismas, donde las ponencias han estado siem- pre reservadas a los laicos. En todas las ocasiones menciona- das don Ignacio se ganó de inmediato a todos por su inteligencia, simpatía y cordialidad. Cualidades que no impedían su firmeza y claridad. Demostrada, tantas veces, pero por ejemplo en 2005 y 2010, cuando el Jefe del Estado español sancionó las leyes que, respectivamente, permitían el «matrimonio» entre personas del mismo sexo y que hacían del aborto procurado un derecho de la mujer, llegando a escribir que Juan Carlos habría incurrido en excomunión latae sententiae.

Le presenté también, entre otros, a Danilo Castellano y a Bernard Dumont, lo que fraguó en su colaboración en Instaurare y Catholica. Con John Rao fue al contrario. Amigo de don Ignacio desde antiguo, también de Danilo Castellano, terminamos convergiendo. Así, Gardone Riviera, donde el Roman Forum de John Rao celebra su campus de verano todos los años, se convirtió en otro de los lugares de nuestros encuentros. Pues don Ignacio era también el capellán del Forum.

Ya han ido saliendo en lo anterior buena parte de las cualidades de nuestro inolvidable amigo. Su inteligencia y finura, compatibles con su bondad y naturalidad. Su elegan- cia un tanto despreocupada y ajena por tanto a todo atilda- miento. Su prudencia compatible con la fortaleza y aun la valentía. Su infrecuente sensibilidad política y artística al mismo tiempo. Su generosidad y espíritu militante. Su sen- tido del humor, sin merma de la seriedad. Su laboriosidad rayana en el heroísmo. En las últimas semanas anteriores a su fallecimiento me hizo llegar el artículo sobre la libertad negativa publicado ya póstumamente (sin que pudiéramos advertirlo a los lectores por estar imprimiéndose cuando nos llegó la noticia de su muerte) en el número anterior de Verbo, así como otro texto sobre la filosofía de la historia, que publicamos en éste en su recuerdo. Pero también un ensayo sobre el laicismo en la historia del Uruguay, destinado a la revista Fuego y Raya, que se publicará (Dios mediante) próxi- mamente. Incluso, preparando como estoy el VI Congreso Mundial de Juristas Católicos sobre el tema del «transhuma- nismo», le pedí que se ocupara del tema teológico de la Creación, previo al filosófico de la naturaleza y la naturale- za humana. Me contestó que no creía poder acudir y que si tuviera fuerzas con mucho gusto lo haría. Pero las fuerzas le faltaban. John Rao me comunicaba desde Nueva York que el final se estaba aproximando y que le llegaba con plena con ciencia y esperanza. Las semanas anteriores todavía le había escrito desde Civitella del Tronto, junto con Maurizio Di Giovine, con nuestro recuerdo y los deseos de pronta recu- peración.

La noticia fatal me llegó entrando en la abadía benedic- tina provenzal de Le Barroux. Llegué a tiempo de ponerla en conocimiento de la Agencia Faro. Y de saber que había dispuesto que en sus funerales se interpretara música sacra española. También que sonara el Oriamendi, himno carlis- ta. A la hora en que se celebraba su funeral en la iglesia de Santa María, de Norwalk, en Connecticut, yo me dirigía a Lisboa, para conmemorar con el Consejo Felipe II del que él era miembro ilustre el centenario de Elías de Tejada y, de allí, a Fátima, para peregrinar en el centenario de las apari- ciones. Algunos de sus amigos, como Danilo Castellano, Bernard Dumont, Juan Fernando Segovia o Maurizio Di Giovine, reunidos al efecto, pudimos unirnos así en la ora- ción por su eterno descanso.

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